27 de julio de 2020

Nostalgia de un futuro animé mapuche

 Por Kütral 

Lo piensa y le parece una historia dirigida por Hayao Miyazaki. Intenta prepararse para la partida de aquellos envueltos en hambruna. Revisa el celular constantemente para saber si algo nuevo ocurre. No ha dormido bien y en deslices de sueño aparece una niña tragando líquido desde la herida de un lobo, escupe y mira de frente, es La princesa Mononoke, porque al final en cada mapuche joven, también vive un otaku. Estos mapu-otakus, criados entre las faldas del televisor como un monte Fuji iridiscente y la ausencia de los padres, tienen la edad de una democracia fallida y mantienen intactas las heridas de nacimiento. Entonces en esos relatos épicos nipones el reflejo de la tierra se muere lentamente en un sangrado que arrastra nombres de sus hijos.

A diario entrenaba como Ranma a las afueras de un matadero junto al río. A la distancia observa dos hombres corriendo con largas varas tras una vaca que huye exangüe, celebra las ansias del animal por retornar al hogar expuestas en sus tajos. En la escena se pregunta ¿a qué huele el hambre de los animales en fuga? ¿A qué huele nuestra hambre? Aquella vez también un machi y su pueblo daban su cuerpo hambriento en ofrenda.

La colectividad que nace del hambre, al igual que cada preso político mapuche en huelga, hoy, ayer y antes, brota en virtud de su furia que marcha en terrenos cercados por púas que dividen a las vacas de escapar a lugares que les son negados. Correr hace preguntar en el entrenamiento diario por la memoria. El rumiar la potencia, la resistencia, aferrarse al desmayo en medio de la carretera, en los campos y fundos sobre una bicicleta con aliento equino, dejando químicos sobre la piel. Correr a lo verde como San en busca de los espíritus en el delirio de la transpiración y vestirse de fieras gentiles que corren a un monte donde hablar en sueños, ir a las raíces a escuchar los latidos de la arqueología futura de nuestros sentimientos. Lugar sin cárceles de familias completas en las fauces de un Estado, que deja a un líder desfallecer a 42 pulsaciones por minuto y en cada latido, el vacío de no poder tocar las venas de casa a través del agua, fuerzas que el machi requiere, porque en su figura, el habla de la tierra corre montada hacia el mundo. 

Los que conocen de animé saben que esto no es una historia de fantasías, son cuerpos que producen el hecho mismo de resguardar desde el suelo hasta la palabra. Una ética, una filosofía, un camino para encontrar la sobrevivencia a los desastres que se aproximan. Ve la historia, la trama, cada mapuche es un árbol, una flor, un río, son el eco y reflejo vivo de la tierra y sus secretos. Tengo sed, le dice una voz. Cuando ya no se tenga agua y estemos ásperos ¿a quién reclamar? Por qué invertir tantos recursos en militarizar una zona, dejar un río rojo de las marcas más profundas del daño. Debe ser porque se esconde ahí un gran tesoro.

Lo ha visto muchas veces caer en los sueños de una pantalla reluciente. Bajo la escenografía desalmada de un presidio, un árbol que sangra lo último de su sequía. Como un obsceno reality show, el sufrimiento de todos los involucrados expuesto, todo guionizado desde una sombra, para mantener intactas las emociones que lleguen al público y en ese impacto mediático, el odio desplegado sobre los bosques de la historia. El machi y los hermanos se mueren desde dentro ¿Qué hacemos mientras en el encierro de la enfermedad, empresas se apoderan de lo poco que queda de naturaleza? ¿Cómo ser la princesa Mononoke, cuando no quede más nada que defender en la soledad? Vivir para el mapuche es conocer el sabor de la pólvora donde quiera que estés, ser che es ser persona y por existir se encarcela y empuja hasta el miedo ¿y a qué sabe el miedo? Con tanta hambre ya no se reconoce su sabor. Este recuerdo no es un lamento, es un llamado a unirse a un canto de los diversos puntos, como al final de un animé. La historia de un pueblo que es toda la tierra y que su lucha no es el vago recuerdo de alguien que sólo dejó cenizas en la hierba. Levantan los brazos todos, para una genkidama de ramajes gloriosos, un mundo allá afuera necesita construirse de nuevo. 

En esta película concibe que ser mapuche le ha entregado las visiones de un cuerpo para anidar e invitar a recorrer comunidades de amigos, hermanos y amores. Caminar con la sombra de la muerte y en el amanecer pintarse de rojo el rostro y doradas las manos. Sus pares han amanecido en el hambre también, han salido a buscar su antiguo nombre para amarse a pesar de los caídos. Hoy gotean, porque les han disparado desde dentro, se ahogan los hermanos en la sangre de su estirpe, van perdiendo ojos, olfato, oído, movilidad, son plantas con raíces cortadas, el cuerpo se apaga, intenta imitar el estado vegetal y volver a la morada. En ciertas escenas recuerda haber visto a los poetas más grandes y hermosos de esta nación mapuche, llorar y reír bajo la lengua de este pueblo. Nació con dos voces en el pecho, bajo este legado se encuentra y en la humedad de la lluvia sur elige encontrar su otra y habitarse. Ha visto en cada garganta el dolor y la gracia de hallarse igual a una flor abierta en el lugar más inhóspito de la floresta y exhalar ahí algo incomprensible en silencio.

Llevar el cuerpo a un extremo nuevo, como el de este tiempo, un ejercicio de memoria donde debemos construir una escultura para la grandeza de ser nosotras, nosotros, nosotres.  Porque se construye diversidad incluso entre los flujos de la enfermedad, la revuelta, el abrazo y la muerte. 

No quiere despedirse o asfixiarse en la rabia por drones que cruzan su cielo observando a los que quedan.  Igual a las madres que entran y salen de pasillos en las cárceles, con aroma de casas vacías que extrañan a sus moradores, donde arañitas negras tejen mantas con pasos y cabellos de hijos que se extinguen. Quiere encenderse, cruzar los tiempos, porque como le dice su amiga millenial-ancestral a lo lejos en otro encierro: ¡Ñaña, podremos ser amigos en cualquier era! 

Hacia el final, la narrativa cierra con la imagen de una vaca escapando y una silueta monta el animal de su convicción al encuentro con el newen, la fuerza. El cuerpo mapuche crece bajo las trampas del hambre, arbóreo para la defensa de sus memorias, así poder resistir al garrote del olvido.

 

CUANDO EL CIELO ARDE

Parte del proyecto “Futura arqueología sentimental”

Kollong tallado en madera industrial de pino, intervenido con ojos de estética animé. Cruces entre estética visual nipona y la construcción de imagen en diálogo con las luchas de construcciones revitalizadoras para el pueblo mapuche pensando imaginarios contemporáneos.

 

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Columna
Acerca del autor
Francisco Vargas Huaiquimilla

Poeta, Artista visual y Performer Mapuche Huilliche. Artista residente en la ciudad de Valdivia. Autor de Factory 2016 (poesía) y La edad de los árboles 2017 (narrativa y nuevos medios) Cuenta con una amplia extensión de su trabajo a nivel internacional, en países como Argentina, Perú, Ecuador, Cuba, Bolivia, Costa Rica, España y gran parte de Chile. Tanto por medio de la publicación de sus libros, como por sus trabajos en las artes visuales y performance.
Su obra e investigaciones artísticas contienen una propuesta estética y política que desafía los parámetros de su territorio configurando un cuerpo mapuche en expansión. Ha sido parte de los talleres de Poesía como también de Artes Visuales en Balmaceda Arte Joven. Participa activamente como editor y tallerista en proyectos de educación artística. Cuenta con publicaciones en diversas revistas literarias, antologías de narrativa, poesía a nivel nacional y latinoamericano.

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