20 de octubre de 2020

Los difusos límites entre “lo nuestro”

Desde hace algunos meses, vengo escuchando a diversos personajes públicos hablar sistemáticamente de “nuestros pueblos” al referirse a diversas comunidades de Abya Yala; un claro ejemplo de ello es lo problemático de la frase “nuestro pueblo mapuche” al provenir de alguien que no necesariamente es parte o se autodetermina como tal. Esta cuestión ha cobrado mayor fuerza alrededor del clima efervescente de una sociedad chilena que intenta cuestionar al Estado y despegarse de ciertas matrices coloniales aún imperantes, pero ¿podemos considerar esto como un avance hacia la tan anhelada interculturalidad? ¿o corresponde más bien a una nueva versión de un discurso de empoderamiento ciudadano que pretende ser crítico e inclusivo, pero dibuja una aún difusa línea entre apropiación cultural y un sincero interés o solidaridad?

Años atrás, cuando estaba aún intentado sobrellevar la carrera de sociología, uno de mis profesores hizo hincapié en que lo más difícil de comprender, cuantificar y establecer es la sinceridad, convirtiéndose en un problema sociológico: la constatación de la verdad en los discursos de las personas con quienes trabajamos en las investigaciones, siendo un paso fundamental cuestionarse si opera o no, una pantalla ideológica que permea los discursos de quienes nos colaboran. Pero como mapuche me pregunto: ¿en qué punto esto se voltea? ¿en qué momento las comunidades y personas con las que se trabaja en acercamientos etnográficos pueden cuestionar los intereses y legitimidad de quienes se acercan para sus trabajos de campo? ¿será que la sinceridad se convierte en una carga vertical, donde el ejercicio de cuestionamiento se entrampa en la visión occidentalista y asimiladora, ya que el régimen de la verdad, pese a los años y los cambios socioculturales, sigue siendo blanco? 

A juicio personal, me parece que las formas de apropiación cultural se han reformulado, solapándose y siguiendo un continuum de estrategias muchas veces no reflexivas de cómo acercarse a las diferentes culturas, desconociendo las tradiciones, protocolos y desestimando el conocimiento, Kimün, propio. Estamos en un momento en que el extractivismo no sólo abarca el territorio físico, sino que también el del conocimiento, ya sea por parte de la academia o por parte de los movimientos New Age, hippies, o personas que buscan respuestas en lugares que no necesariamente les corresponden o respetan. La respuesta incesante de interrogantes provenientes del mundo no mapuche implica un ejercicio constante de tolerancia, de modo que, en mi opinión, la interculturalidad hoy en día encarna, más que nada, la paciencia de seguir respondiendo preguntas y participando en lugares que muchas veces nos exotizan e, incluso, nos instrumentalizan. Ante esta situación nuevamente me cuestiono ¿cuántos pasos más se deben dar para lograr la interculturalidad crítica? o si esto finalmente es una quimera. 

Al dedicarme un tiempo a conocer espacios artísticos donde participaban pu lamgen artistas mapuche, pude apreciar esa resistencia y búsqueda de visibilidad. Tal como me comentó una vez el artista visual mapuche Sebastián Calfuqueo, “son espacios en disputa” el museo, las galerías y todo aquello que lleva esa espesa carga racista y occidentalista, de modo que considero que existe una necesidad, hoy mucho más evidente, de generar espacios propios como el teatro, las artes visuales, el cine y otras manifestaciones que nos relaten y nos convoquen.

“Killa”, película kichwa dirigida por Alberto Muenala, desde el sur de Ecuador, proyecta un ejemplo concreto de esta disputa por la autorepresentación, siendo una estrategia certera de reflexión, en el marco del extractivismo que sufren nuestros pueblos. Las imágenes del Inti Raymi, los Ukukus y los imaginarios andinos, se cruzan con las representaciones de las comunidades que día a día luchan por sus territorios para que la tierra siga siendo fértil, continúe estando rodeada por Apus prominentes y los caudales que la atraviesan sigan su curso. Este relato audiovisual, conecta distintos puntos de Abya Yala en una historia compartida, habla de cómo las balas nos atraviesan, de cómo nos limpiamos el pecho y alzamos la cabeza para seguir teniendo fuerzas para levantarnos. Dando cuenta de cómo la persecución política nos sitúa en un terreno común, instalando al dolor como espacio de encuentro y reconocimiento entre pueblos y la reivindicación como necesidad.

De esta manera, las nuevas narrativas se conectan con estrategias como el cine o el arte visual, que permiten reflejar imaginarios propios, sin el lente ajeno, alejándose de la interpretación o cosificación de las diversas realidades que nutren los territorios, siendo el arte el mecanismo que permite un profundo cuestionamiento a la etnografía, disciplina que no sólo abarca las prácticas antropológicas y sociológicas, sino que, a su vez, incide en las políticas de la verdad.

El ejercicio intercultural que nos convoca hoy, en mi opinión, es desconfiar precisamente de esta interculturalidad y desde dónde vienen muchas de las propuestas que abarcan este concepto. Por ello, es necesario enfrentarse a estos espacios legitimados (por occidente) y visibilizar demandas en ellos, pero sin dejar, al mismo tiempo, de construir los propios. Asimismo, hay que problematizar y desprenderse de la etnografía vista solamente como una práctica de categorización de los discursos, cuestionándonos, hoy más que nunca los límites de lo “nuestro” pues, en la medida que se siga utilizando y abusando de este adjetivo, será más nebuloso el ejercicio de apropiación cultural y urgente que brote el propio arte y situarnos en la palabra. 

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Columna
Acerca del autor
Victoria Maliqueo

27 años, nacida en Cauquenes. Socióloga Universidad de Chile, parte del Núcleo de Sociología del Arte y las Prácticas Culturales de la misma institución. Su línea de investigación se centra en arte mapuche contemporáneo. Forma parte del Colectivo Mapuche Rangiñtulewfü. Actualmente participa en la investigación “Archivos Migrantes”.

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